lunes, 18 de junio de 2007

Tercer Congreso de Poesía Canaria (VI)

a) Territorios del conocer
Tercer
La última mesa temática quería sugerir un debate sobre la poesía vista como medio de conocimiento, o los puntos de convergencia entre el conocimiento –aunque este término en abstracto signe numerosas interpretaciones- y la experiencia poética como acto volitivo de escritura y lectura del poema.
Congreso
La apertura de la mesa corrió a cargo de Bruno Mesa quien convino con Wittgenstein en denostar en cierta medida la obra de Shakespeare por no hallar en ella una ética sustentada más allá de lo puramente verbal, aunque según el mismo Bruno Mesa, quizás el filósofo austríaco hubiese errado en el ejemplo. No obstante, el poeta santacrucero enfatizó su tesis de una búsqueda personal en la poesía de algo más que el juego verbal; en tal sentido nombró a autores que han formado parte capital de la modernidad como Mallarmé, o en nuestro ámbito hispánico Juan Eduardo Cirlot.
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Al afrontar la composición del poema, el vate debería partir del concepto de la particular visión ética antes de la plasmación definitiva, y no simular aquélla como un hallazgo fortuito y accidental. Bruno toparía en Cirlot únicamente con una música, oponiéndolo con el poeta portugués Pessoa, en el que la imbricación, en cada uno de sus heterónimos, de la moral, confluye con naturalidad en la edificación del orbe poético, incluso contraponiéndose entre ellos, y mostrando una pluralidad de lo ético en la misma figura de Pessoa el ente real.
Poesía
Dio término a su ponencia sintetizando su concepción del poema como un mecanismo u objeto autosuficiente, y cuya construcción ideal poseería la capacidad de transfigurar o cambiar al lector tras la lectura, de hacer de él otro sin dejar de ser el mismo.
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A continuación Guadalupe Grande principió su intervención con una enumeración de los aportes al saber hechos por personajes tan disímiles y alejados temporalmente como Pascal, Galileo, Kepler, Vicente Huidobro, Ralph Waldo Emerson, Saint John Perse… Este vario inventario nominal tenía por objeto designar las formas distintas o áreas divergentes que conforman el conocimiento humano, que propendería en su devenir a fijarse por acumulación a través de las revelaciones parciales efectuadas en el decurso de la historia. En el devenir histórico de las sociedades habría quedado patente el saber en modos diferentes, denotando con ello una complejidad inherente a sí mismo, y cuyas manifestaciones dispares no implicarían valoraciones de superioridad ni inferioridad, sino una variación connatural a la dinámica histórica.
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Incidió además, en la cosmovisión del lenguaje como espejo en el que atisbar la realidad, para pasar luego a entablar una disquisición sobre el ser del poema, instalándose en la ya tan frecuente tendencia a expresar lo poético remitiéndose a la experiencia que de lo poético mismo se desprende. El conocimiento que brindaría el poema sólo nos sería transmitido por el poema mismo, eludiendo así una definición de la poesía por imposible, y anexando inmediatamente a manera de ejemplo de esta postura el relato de Franza Kafka conocido como Preocupaciones de un cabeza de familia, en el que se afirma de un ser informe llamado Odradek que:
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«Algunos opinan que la palabra Odradek es de origen eslovaco y tratan de explicar su etimología de acuerdo con esta suposición. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán con apenas influencia eslovaca. La imprecisión de ambas interpretaciones permite suponer que ambas son erróneas, sobre todo porque ninguna de las dos nos brinda significado alguno para la palabra en cuestión».
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Presentando una analogía Guadalupe Grande entre esta imposibilidad de interpretar el significado del nombre del ser en cuestión de la narración kafkiana con el de la poesía, que se haría indefinible por antonomasia.
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Isidro Hernández también expuso su ideario sobre la poesía en términos de inefabilidad, al igual que Guadalupe Grande, aunque introduciendo además las nociones de catarsis y del acercamiento a una designación del desasosiego y la crisis del ser. Por supuesto, su contemplación de lo catártico estaba delimitada por la teoría aristotélica de la catarsis como purga que conllevaría una moral consustancial a la liberación de las pasiones. Asimismo vertió su interés en la visión del sentimiento como una de las formas del pensamiento.
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En último lugar enfatizó su incredulidad frente a la reflexión poética ulterior al poema, lo que implicó un nexo más entre su exposición y la de Guadalupe Grande, al derivarse de estas palabras que lo poético en tanto que experiencia perceptiva se cumple sólo en el poema y es dable exclusivamente al entendimiento a partir del objeto poético. Y aseveró, asimismo, que el deber ineludible del poeta era la búsqueda de la autenticidad.
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Antonio Puente comenzó su participación leyendo el soneto del poeta uruguayo Juan Cunha cuyo primer verso reza «Aquella vez y allá cuando solía», para remitirnos a su capacidad de evocación a pesar de su ambigüedad, de su falta de referencias explícitas. Esta lectura vendría a ejemplificar la hipótesis de que el conocimiento de la poesía sólo se logra a través de ella misma (como mantuvieron anteriormente en la misma mesa Guadalupe Grande e Isidro Hernández), y de que el poema es el lugar donde madura un tipo particular de conocimiento de imposible acotamiento por los meros ejercicios de definición. En última instancia criticó la poesía de la experiencia so pretexto de su premeditación del poema.
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