La crítica
literaria es un animal que igual puede ser estudiado como una entidad
filosófica o abordado por especialistas en teratología. Su
naturaleza múltiple puede producir la vertiginosa sensación de lo
inabarcable o de lo incomprensible. Como en cualquier disciplina
intelectual, los marcos teóricos que la han nutrido han sido de lo
más diverso. Pero, más
allá de la disparidad
de escuelas y marcos teóricos, lo que produce desazón y
desconcierto es, me atrevo a enfatizar, la variedad de formatos
y medios que la modulan, y la cuestión ética que le es intrínseca.
La proliferación de canales por los que circula la información en
la actualidad determina distintos modos de aproximación. Ominoso -y
causa de consternación- se hace a quien esto escribe el tener que
resaltar obviedades. Un ensayo para una revista especializada posee
unos condicionantes y requerimientos harto disímiles de los de una
reseña en un periódico o una revista literaria. La dependencia no
es es solo respecto de las características instrumentales o
tecnológicas del canal, sino también de los usuarios finales que
leerán dicho texto. Si me detengo en ello es porque no falta quien
pretende que toda crítica literaria debe reducirse al género menor
por antonomasia: la reseña. Y hacer de ella un dechado de virtudes
simplificadoras.