viernes, 29 de marzo de 2013

Diminuta cápsula de la inteligencia: Cul de sac, de Mercedes Cebrián

Toda confesión comporta un acto de intimidad y, a un tiempo, de narcisismo. Yo quisiera empezar este breve comentario ejerciendo dubitativamente esa acción dual, ya que fue ella la que, accidentalmente, me llevó al encuentro de Cul-de-sac, de Mercedes Cebrián. Y no es más que la atracción no-gravitatoria que ejercen en mí los libros de pequeño formato. Cul-de-sac es una de esas "cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea" (según reza en la segunda página del volumen) que ha editado la curiosa e interesante editorial Alpha Decay bajo el sello Alpha mini, que define la colección de dichas micropíldoras. La feliz y amarillenta conjunción del formato y la escritura de Mercedes Cebrián obraron una fluorescencia mental de incalculables rastros.

Cul-de-sac - Mercedes CebriánEmpecemos por referirnos al título: Cul-de-sac, algo así como callejón sin salida. ¿Qué rara fabulación teje Mercedes Cebrián aquí? Cul-de-sac narra la asimilación de ciertos motivos (caligramas chinos, colores representativos de un clan escocés) por parte de unos diseñadores, para aplicarlos en la producción de objetos del hogar. Esos motivos, que son portadores de un significado en sus respectivos contextos espaciotemporales, se ven despojados, sometidos a un vaciamiento que los trivializa, pasando a ser un mero sucedáneo comercial de aquello que representaban originalmente. En ese proceso de vaciamiento hay una pérdida de sentido, una reinterpretación de la historia.

Vivimos inmersos en múltiples sistemas de códigos que configuran lenguajes diversos, pero esos lenguajes nacen y mueren, se transforman, pierden su sentido y se re-significan.

El relato de Mercedes Cebrián juega con el lector: en su brevedad y con su comedido tono lúdico, nos confronta con el problema de la interpretación:

"Películas en las que alguien pretende leer mensajes encriptados donde no los hay -en la cenefa de la pared, en el periódico- las hemos visto todos, pero encriptar no es la intención que Mireia y Raventós albergan hacia nosotros. Y ya que ni ellos encriptan ni nosotros padecemos de paranoia, entonces, qué nos pasa, doctor, ante los sistemas con potestad para significar, por qué esas ganas de interpretarlo todo. Prohíbanos todos los alfabetos, la letra china, árabe, cirílica. Recétenos simples entramados de líneas y superficies de colores, meras rayas o estampados de cuadros, el equivalente a una temporada en el balneario, alejados por completo de la semiótica." (p. 16-17)

Cambios de narrador, fabulación a través de hipótesis, superposición al relato de diálogos directos sobre cómo surge la elección de colores que representan a un clan escocés en el siglo XVII, persistentes repeticiones que recalcan lo absurdo o baladí del significado de los signos usados por los diseñadores, así como el humor y la ironía, todo dispuesto en esta diminuta narración (a ratos aséptica, a ratos incisiva) para convocar un don escaso: la inteligencia irónica.

Cul-de-sac, de Mercedes Cebrián: narración lateral de la transmutación temporal de los signos y su re-significación a través de su uso ulterior. Y es que, "no somos inmunes al significado" (p. 14). Así, toda lectura añade capas de sentido al texto originario -mediados por la evolución del lenguaje, generación de nuevos usos y olvido de otros-, convirtiéndolo realmente en una suerte de palimpsesto. Somos, indefectiblemente, los seres de la significación: incluso cuando, al final del texto, los diseñadores se decantan por la tendencia de un blanco pulcrísimo, sin mácula o escritura alguna, deciden que los objetos destaquen por su textura. ¿Es, quizás, esta alusión final a la textura una suerte de metáfora de la imposibilidad de no-comunicar?

La historia es, al fin y al cabo, un conjunto de sucesivas lecturas erróneas.


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