jueves, 20 de septiembre de 2012

Algunas apreciaciones sobre Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español

Cuando vemos un sujeto precedido por su sombra, no cabe la menor duda al respecto: está caminando, dirigiéndose a nosotros con el sol a sus espaldas. Leer, pues, un volumen precedido por el aura del autor, en este caso el crítico y profesor de literatura española contemporánea en la Universidad de Barcelona Fernando Valls [1], si dicha aura es favorable, puede llevarnos a la confrontación con una realidad ambivalente como representa, por sus aciertos y sus ausencias, Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. El libro parece concebido como un pórtico de iniciación al microrrelato para aquellos lectores que desconozcan el género. Se observa, a través de los distintos ensayos, un excesivo énfasis en la descripción de las tramas y una escasa atención al hecho interpretativo y al análisis formal.



Soplando vidrio - Fernando Valls


Sí resalta, en cambio, la voluntad de trazar una cierta genealogía del microrrelato español, que Valls hace partir de Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna y Federico García Lorca, en una primera etapa (años 20 y 30 de la pasada centuria); y una segunda, ya en los años cincuenta y sesenta, donde destacarían sobre todo Ana María Matute (Los niños tontos, 1956), Max Aub (Crímenes ejemplares, 1957), Ignacio Aldecoa (Neutral corner, 1962) y Antonio F. Molina (La tienda ausente, 1967; Los cuatro dedos, 1968; Dentro de un embudo, 1973; Arando en la madera, 1975). Durante la posguerra, numerosos autores abordarían la escritura de microrrelatos, bien de modo ocasional, bien con mayor insistencia (verbigracia: Tomás Borrás, Álvaro Cunqueiro, Juan Perucho, Francisco Ayala, Samuel Ros, José María Sánchez-Silva, Camilo José Cela, Jorge Campos, Francisco García Pavón, Alfonso Sastre, Rafael Sánchez Ferlosio, Manuel Pilares, Lauro Olmo, Medardo Fraile, Esteban Padrós de Palacios o Fernando Quiñones).

Desde los años 60 y hasta los 80, llegan a España volúmenes poblados de microrrelatos de autores de la otra orilla del Atlántico como Borges, Cortázar, Juan José Arreola y Augusto Monterroso (recordemos, de paso, que a las primeras muestras de microrrelatos entre nosotros antecedió la escritura de los mismos por parte de autores hispanoamericanos como Rubén Darío y Vicente Huidobro). Sin embargo, hasta los años ochenta no se formaría una conciencia plena de estar enfrentándose, por parte de los autores españoles, con un género nuevo, portador de unas singularidades que lo diferencian del mero cuento o relato corto. Esta comprensión del alcance y posibilidades del microrrelato se cimentaría en una serie de títulos que darían carta de naturaleza al nuevo género, tales como Historias mínimas (1988) de Javier Tomeo, la antología La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas (1990) compilada por Antonio Fernández Ferrer, y el volumen de Luis Mateo Díez Los males menores (1993) [2].
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Amén de referir la multiplicidad de nombres con los que se han bautizado los textos narrativos mínimos [3], Fernando Valls articula una definición amplia e inclusiva de microrrelato que no obvia algunas de las características adquiridas durante la evolución del género:
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El microrrelato es un género narrativo breve que cuenta una historia (principio este irrenunciable) en la que impera la concisión, la elipsis, el dinamismo y la sugerencia (dado que no puede valerse de la continuidad), así como la extrema precisión del lenguaje, que suele estar al servicio de una trama paradójica y sorprendente. A menudo, se presta a la experimentación y se vale de la reescritura o lo intertextual; tampoco debería faltarle la ambigüedad, el ingenio ni el humor. Al aislar y centrarse en el desarrollo de una sola acción, en torno a unos pocos personajes, se intensifica su significado, cargándose de densidad, algo que no ocurre en aquellas narraciones en donde una determinada acción suele presentarse junto con otras distintas, compartiendo su protagonismo. Su estrategia compositiva, como si de un relámpago de sentido se tratara, consiste en arrancar de inmediato para acabar al instante, mientras que en el cuerpo del texto, que es donde realmente se la juega el escritor, no puede haber errores ni vacilaciones, puesto que gran parte del tejido narrativo debe permanecer elíptico o sobreentendido” (p. 20)
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Otras peculiaridades de los microrrelatos apuntarían hacia la intensificación de los procedimientos retóricos propios del cuento, especialmente los juegos lingüísticos, la transformación de motivos literarios, la recreación de frases hechas y topoi de la cultura universal, además de su filiación con otros géneros breves como la fábula, el aforismo, el poema en prosa, la greguería o el mensaje publicitario. A pesar de estos parentescos, Valls establece diferenciaciones taxativas y critica cierta laxitud en la concepción del microrrelato:
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No en vano, pasan por microrrelatos frases ingeniosas, cuando no meras ocurrencias, anécdotas o chistes más o menos disfrazados de historias” (p. 304)

Fernando Valls
Fernando Valls

Aunque podemos hallar una estela de antecedentes remotos del microrrelato en textos previos al siglo XX, dada la constatación de la existencia de fragmentos narrativos minúsculos desde los inicios de la literatura escrita, su origen en la contemporaneidad se vincularía con la querencia hacia lo fragmentario desarrollado en la primera mitad del siglo XX, especialmente durante el período de nacimiento y vigencia de las vanguardias, quizás como “respuesta a los grandes discursos totalizadores del XIX”, según infiere Fernando Valls [4]. De hecho, el crítico alude a la impronta que pudiera haber dejado la obra de Nietzsche o Schopenhauer. Precisamente, Andrés Sánchez Pascual, discutiendo sobre el ataque nietzscheano al hegelianismo, escribe: “Pues lo que el aforismo pretende es romper el absolutismo del saber” [5]. Acaso por esta vía de la ruptura de los discursos totalizadores se encuentre el gusto hacia lo fragmentario o la sustancia mínima –y máxima esencia- que emparente a géneros como el aforismo y el microrrelato.
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Una recomendación sensata del autor, singularmente relevante en nuestra época que favorece -en parte y no de modo exclusivista como alertan los apocalípticos- el consumo masivo, raudo y superficial de productos culturales homogéneos y de escasa entidad (pudiendo remitir, por tanto, a fenómenos de lectura dispersiva y distraída), es la remisión a la lectura pausada, discontinua [6] y atenta de cada texto:
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Un libro de microrrelatos no debe encararse como una novela, ni siquiera como un volumen de cuentos. Su propia naturaleza exige que se lea en pequeñas dosis. Lo más adecuado es ir recorriéndolo poco a poco, con una cierta parsimonia, yendo y viniendo entre sus páginas, a fin de evitar empacharse uno con tantas historias distintas.” (p. 243)
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Soplando vidrio no está exento de alguna luminosa contradicción [7] y de vacilaciones, incluyendo un ataque fútil, arbitrario e infundado a los cibertextos para ensalzar, de paso, la supuesta figura del lector activo que requiere el microrrelato:
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Se trata de un género exigente [el microrrelato], puesto que quienes se acerquen a él deberán estar familiarizados con la tradición cultural y literaria, para poder participar en la comprensión del texto; no a la manera tosca e infantiloide de los llamados cibertextos, poniendo o quitando materia, sino comprendiendo lo más profundamente posible lo que expresa o simplemente pueda sugerirle el autor” (p. 319)
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En Soplando vidrio, Fernando Valls recopila algunos ensayos con reflexiones interesantes sobre el microrrelato español, pero el conjunto adolece de una exigua hondura (se echa en falta análisis de mayor calado y menos demora en el ejercicio nimio y tedioso de continuas enumeraciones y descripciones). Es de agradecer, en todo caso, la permanente difusión de la obra de múltiples autores que ofrece Fernando Valls en su labor como crítico y ensayista, incluso desde su blog, La nave de los locos, que fue el germen de la antología homónima editada por Cuadernos del Vigía hace un par de años. Aquí les dejo con una entrada de su blog que hace un breve recorrido por algunas cuestiones fundamentales del género y con un vídeo en el que dialoga con José María Merino sobre las formas narrativas breves:



Notas:
[1] Autor de La enseñanza de la literatura en el franquismo (1936-1951) y La realidad Inventada. Análisis crítico de la novela española actual. Ha editado también las compilaciones Son cuentos: antología del relato español 1975-1993 y Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera, amén de sendos monográficos sobre el microrrelato en las revistas Ínsula y Quimera.
[2] Algunos escritores a cuya obra dedica Valls sendos ensayos en Soplando vidrio son: Ana María Matute, Max Aub, Javier Tomeo, José María Merino, José Jiménez Lozano, Luciano G. Egido y Pedro Ugarte. También se trata menos profusamente la obra de Juan Pedro Aparicio, Rubén Abella o Juan Gracia Armendáriz.
[3] El término “microrrelato” fue usado por primera vez en castellano, con el sentido que le damos hoy, en 1977 por José Emilio Pacheco.
[4] Juan Ferraté, asimismo, en la introducción a su edición de los Líricos griegos arcaicos, dice lo siguiente: “Nuestra época ha venido en adorar todo lo fragmentario, todo lo sistemáticamente deforme o contingente en las obras de los escritores y los artistas, desde la ecolalia a los objets trouvés, desde las esculturas de chatarra a la poesía concreta o «popcreta» de los brasileños de Sttutgart, todas las roturas y aperturas, en suma, de que es capaz la obra de arte”. Cf. FERRATÉ, JUAN (2000): Líricos griegos arcaicos, El acantilado, Barcelona, p.15 .
[5] En: NIETZSCHE (1999): Aforismos, Círculo de Lectores, Barcelona, p.8.
[6] ¿Hará falta rememorar la perogrullada pascaliana sobre la velocidad de lectura? A saber: “Cuando se lee demasiado deprisa o demasiado despacio no se entiende nada”. PASCAL (1994): Pensamientos, Altaya, Barcelona, p. 30.
[7] Verbigracia, la indefinición sobre los articuentos de Millás, a los que lo mismo observa como sinónimo de microrrelato (p. 42), que como un género afín o, ya en el clímax de la contradicción, como algo completamente distinto del microrrelato (p. 19). Compruébese:
Estas singulares piezas, podríamos denominarlas, como gusta a Millás, articuentos, aunque en esencia no haya nada en ellos que los distinga del microrrelato” (p. 42)
El microrrelato es un género literario independiente, ni tan joven ya, ni tan flamante, por lo que no debería confundirse con el aforismo o el articuento, (...)” (p.19)

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