martes, 17 de junio de 2014

La mala hierba de Lu Xun

La mala hierba. Lu Xun. Bartleby Editores. Traducción de Blas Piñero Martínez.

La actividad creativa de Lu Xun (1881-1936) se desarrolló en el primer tercio del siglo XX, en la China de la república sometida al dominio parcelado de los llamados señores de la guerra. Aparte de La mala hierba, concebido entre 1924 y 1926, y publicado por esos mismos años en revista antes de ser compilado en libro y editado en 1927, sobresalen en su producción la escritura de Diario de un loco (1918) y La verdadera historia de AQ (1921), ambas obras vertidas al castellano.

La mala hierba - Lu Xun
La mala hierba - Lu Xun


La mala hierba consta de veintitrés poemas en prosa más la dedicatoria. Esta edición de Bartleby recoge, además, el prefacio que se proyectó para la primera edición inglesa, así como algunos textos de Soliloquios que fueron simiente del poemario que comentamos. El lector atento agradecerá las noticias proporcionadas por las notas del traductor, y deplorará las erratas, llamativas dado el cuidado de la edición.

En la Dedicatoria leemos: “Yo adoro la mala hierba y no puedo soportar que sirva únicamente para decorar el suelo”. Desde este primer movimiento asistimos a una vindicación de lo marginado o zaherido, de esta mala hierba que crece en medio de la putrefacción y que el poeta ensalza por cuanto es portadora de vida. Testigo frente a los ciclos de nacimiento y muerte que se suceden, la mala hierba coloniza de modo transitorio y efímero un espacio sin dejar de dar cuenta de la magnitud del existir, especialmente de sus aspectos más acerbos. La hierba viene a simbolizar lo menospreciado, frágil y astroso. Fomenta conmiseración en el sujeto poético. El anuncio de la Dedicatoria tiene su contrapunto en poemas como Una noche de otoño, La nieve, El buen infierno ya perdido para siempre y es retomado en la última composición, Despertar, siendo entonces vehiculado a través de la imagen de una juventud intrépida que inaugura una subversión de valores por la manifestación de la crueldad o la sangre como trazos de un nuevo vitalismo.

El conjunto de piezas del volumen responde a diversos ejes temático-formales, entre los cuales podríamos enumerar un breve núcleo centrado en la vertiente emocional del yo, en el que prepondera el tono confesional, la ternura asociada a los recuerdos (así en La cometa o La hoja seca prensada), y un cierto lirismo en exceso convencional. Hundimiento en la oscuridad y lo sombrío, errancia en la noche oscura. La confesionalidad en algunos poemas se sustenta sobre un yo poético decadentista y apesadumbrado, como en La esperanza o La despedida de la sombra. Otros poemas entrelazan el yo y el mundo, y su lenguaje va cargado de un gran componente alegórico, indagando con frecuencia en la metamorfosis valorativa que apuntábamos a propósito del simbolismo de la mala hierba; en tercer lugar, textos que suponen una reflexión ética, expresada en un lenguaje directo (verbigracia, Expresar una opinión, acerca de la complacencia que nos depara la mentira halagadora y la cólera espoleada por la aspereza de la verdad) y, finalmente, y quizás los más numerosos, una serie de sueños donde predominan la fantasía y las analogías de corte onírico. Entre estos últimos descuellan El epitafio y Después de morir.

Los recursos estilísticos más utilizados son las repeticiones y los paralelismos, las simetrías ocasionales, que coadyuvan en la generación de una percusión rítmica, casi ancestral. Otro rasgo destacable es el narrativismo, presente con cierta profusión, que emparienta algunos textos más con microrrelatos que con poemas. Pero he aquí que nos topamos con uno de los problemas fundamentales del poema en prosa que colinda, por un lado, con el relato y, por otro, con el aforismo o fragmento. Como elemento definitorio que distingue al cuento lírico del poema en prosa se arguye con cierta asiduidad la dosis argumental. ¿Pero qué dosis argumental ayuda a situar la obra en uno u otro género? Registremos dos consideraciones previas. Las antologías del género, cada vez más estudiado en nuestro país, han incluido lo que podríamos juzgar como cuentos en no escasa medida. De igual manera, los mismos orígenes del poema en prosa lo han moldeado como una escritura en libertad que supone, en muchos casos, rupturas con preconcepciones rígidas del género en cuestión. Pensemos, por ejemplo, en uno de los momentos germinales, El spleen de París o Pequeños poemas en prosa, de Baudelaire, que prefigura ya un repertorio de posibilidades que van desde lo casi ensayístico hasta lo narrativo. Asimismo, si bien es cierto que existe una corriente del poema en prosa con mayor incidencia en la estampa impresionista, la condensación y el esencialismo, también lo es que, al menos desde cierta línea que inicia Baudelaire, ha estado vinculado a la expresión de la modernidad espacial por antonomasia, a su encarnación vital en la ciudad y lo urbano, y asediado por la mixtura con la narración. En este sentido podría hablarse de una tendencia discursiva en el poema en prosa (como ha referido el filólogo Benigno León).


Mala hierba: dícese de aquella especie vegetal que compite con plantas cultivadas o que resulta ponzoñosa. Sin embargo, su carácter como tal es relativo: en algunas regiones son consideradas malas hierbas especies que, en otras geografías, se ponderan como alimento o por sus propiedades terapéuticas. En un poema fechado en 1884, Emily Dickinson escribía: “La Estirpe de la Miel / No preocupa a la Abeja - / Un Trébol, para ella, siempre es / Aristocracia -”. Esta osadía de reivindicar los vástagos simbólicos agraviados por la historia, atestigua una afinidad con la profanación y con el éxtasis que comporta conculcar los dictámenes y edictos. Inventariar las posibilidades de la vida y erguir sus monumentos a lo olvidado, supone acometer una revisión del ultraje y, quizás, la no imposible vía para refutar la subyugación de lo evidente. Lu Xun, como Nietzsche, como Baudelaire, aunque sin la agudeza de uno ni la sensibilidad del otro, perteneció a esa honrosa estirpe del inconformismo. En La mala hierba irrumpe una brizna incipiente de ese horizonte.
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