viernes, 3 de mayo de 2013

Historia encarnada en diálogo: Los cuadernos de Marta

Parte del texto leído en la presentación de la novela Los cuadernos de Marta, de Isabel Medina, en la Feria del Libro de Adeje 2013



¿A qué nos remite el título de esta novela? Marta inicia la escritura de los cuadernos aludidos en el título para buscarse a sí misma, para interpretarse e interpretar el rumbo que ha adquirido su vida en contacto con unos jóvenes maestros recién llegados de la Escuela Normal de Magisterio a su colegio: Lola, Víctor y Pedro. Pero este libro es más que los meros cuadernos de esta maestra, pues hay textos que se van intercalando, como las cartas que Pedro le remite a Marta desde La Palma (una vez que ha finalizado el curso escolar) o fragmentos en que una desconocida voz en tercera persona nos narra los acontecimientos. Tenemos, de esta manera, una obra cuyo esqueleto primordial son estos cuadernos de la protagonista, pero en la que se insertan otras voces, otras visiones, configurando un mosaico, una imagen poética de la colectividad, con sus antinomias y sus albores.

Los cuadernos de Marta - Isabel Medina

 Aunque esta novela está habitada por la historia reciente (finales de los setenta) de España, y de Canarias en particular, no es una novela histórica al uso. Más bien podría asimilarse a una Bildungsroman; esto es, una novela de formación. Pero con una peculiaridad: el personaje principal no es una adolescente, sino una mujer joven (ya con treinta años), con una conciencia formada (o deformada si seguimos a Nietzsche) por las experiencias vitales y sociales que ha tenido durante el franquismo. Cabría incidir en la necesidad de que la narrativa aborde ese convulso y apasionante período histórico de la transición democrática. En nuestra literatura no escasean las obras ambientadas durante la guerra civil o la posguerra. Piénsese, por ejemplo, y por citar sólo dos casos sobresalientes, en El barranco de Nivaria Tejera, y Guad, de Alfonso García Ramos. En la primera asistimos al abismo de crueldad que instaura el alzamiento militar franquista y sus efectos sobre una familia; en la segunda, y con una técnica coral, se narra la evolución del franquismo y sus nefastos resultados: miseria, emigración, abuso de poder... Los cuadernos de Marta, en efecto, y como aseveramos antes, recuperan del olvido los entresijos contradictorios de una época marcada por el hierro y la esperanza, toda vez que ya ha transcurrido tiempo suficiente para abordarlo sin concesiones partidistas, tomando la requerida distancia histórica de los hechos.

Una pérdida, una enorme pérdida, será el punto de arranque -aunque más sugerido que narrado explícitamente- de una crisis en Marta. Crisis personal que desembocará en el redescubrimiento de sí misma. Nosotros, los lectores, asistimos, pues, a esta reformulación de sus propias convicciones al mismo tiempo que la historia entra por los poros de la novela y habita la piel sensible de Marta. Pero la trama no se constituye en un subterfugio de la narradora con fines meramente históricos, sino que es vertebrada a través del diálogo, de las numerosas conversaciones que mantiene Marta con sus nuevos compañeros en el colegio del valle de Guaydil (un singular espacio imaginario que se erige en representación de cualquier espacio físico de la isla, en encarnación pura del lugar habitado, como hiciera ya Alfonso García Ramos en Guad al ubicar la acción en el valle de Tenesora): unos chicos recién salidos de la universidad, más jóvenes que ella y portadores de ideas de cambio en todos los órdenes. Así, el diálogo se convierte, realmente, en el motor de la narración, tanto por su relevancia formal como por el significado que suponen esas largas noches de discusión y debate para los personajes involucrados. Hay, por tanto, una concepción de la conversación como elemento capital en la instrucción, en el aprendizaje, que sería vehiculado mediante el hecho de compartir la palabra con el otro, con los otros. Revalorización del diálogo, decimos, que apunta hacia una de las raíces más fecundas del pensamiento filosófico y educativo de nuestra cultura occidental. Me refiero, claro está, a la centralidad del diálogo en el corpus de la obra platónica, donde la dialéctica implicada en esa fórmula entraña un proceso de conquista y desvelamiento compartido de la verdad. El proceso de aprendizaje como tarea común que emprendemos con los demás. Recordemos la centralidad de la educación en la cosmovisión del sistema platónico: el hombre o la mujer que han descubierto la verdad desarrollan, en virtud de su nexo común con los demás sujetos de la comunidad, un afán por compartir ese conocimiento. Conocer y amar como pares implicados en la filia, la querencia, la amistad, en suma. Incluso podríamos vincular aquí este desocultamiento de la verdad, la alétheia, como un mostrarse, un revelarse lo verdadero que subyace escondido o malinterpretado, y la humana necesidad de expandir ese desvelamiento. O, si se quiere, observarlo tal cual acaece en Los cuadernos de Marta: el desocultamiento de la verdad como un proceso de revelación colectivo. Y esto es lo que vemos en la novela, pero no petrificado como pura teoría, sino como diálogo vivo, que respira, iluminante e iluminador.

Los cuadernos de Marta II - Isabel Medina

Podría entreverse una correlación entre el papel de Marta y la sociedad española entera. Ella ha llegado a la treintena imbuida en la deformación educativa obrada por el lastre de la dictadura, y descubre la libertad del pensamiento, su inmensa capacidad de reflexión y crítica. Se lamenta de haber arribado, quizás, un poco tarde. Y así, la sociedad española de finales de los setenta, que descubre, casi de golpe, los aires de un nuevo sistema con una reformulación del ser social en el entorno de un régimen democrático. Hay una lección capital en el conflicto de redefinición de sí misma que hace Marta: no hay que tener miedo al cuestionamiento, pues la existencia implica este permanente aprendizaje diario. Vivir es experiencia y pensamiento sobre esa propia experiencia y sobre el propio ser. Y el ser es dueño de una plasticidad que se materializa a cada instante: debemos aprovechar esta capacidad de aprender todos los días, ejercitar la pasión lúcida que comporta la crítica. Y, además, considerar que esta capacidad no tiene fronteras espaciales ni temporales. Rememoremos, a este propósito, cómo el filósofo Epicuro invitaba a su discípulo Meneceo en una carta: "Nadie por ser joven dude en filosofar ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud de su alma".

Marta y el resto de personajes se enriquecen mutuamente. Las ideas encarnan y se hacen acción histórica, contexto. Este grupo de jóvenes maestros hablarán lo mismo de Fyffes, de la Iglesia y su papel durante el franquismo, de la transición, de personajes históricos del momento como el Ché Guevara, Antonio Cubillo, que de fenómenos como el nacionalismo, la descolonización de África, aspectos como la posición de la mujer en la sociedad y la progresiva conquista de sus derechos, y, por último, la literatura. Y es que por estas páginas desfilan Tagore, Neruda, Celaya, Galeano, Lorca, Machado, Miguel Hernández y tantos otros.

Uno de los personajes más relevantes en la novela, Pedro, ser inquieto y de una tremenda curiosidad, que muestra una cosmovisión compleja de lo real, intuye que lo humano abarca múltiples facetas y que ninguna de ellas puede absorber por entero al ser, pues siempre está en juego el desarrollo pleno del individuo. Escribe Pedro a Marta: "Todo lo que atrape la totalidad del ser humano, la complejidad de la existencia, creo que no es bueno. Es como si te pusieran orejeras y ya no pudieses ver de la vida más que lo que alcanza el estrecho ángulo que los gurús, sacerdotes o líderes, te permiten".

Al finalizar el curso que tanto supondrá para el pequeño grupo de maestros, Pedro va a su isla natal, La Palma, y desde allí remite periódicamente cartas a Marta, que firma con esta singular frase: "El que no es". Esto apunta hacia una idea del ser humano como criatura incompleta pero llena de potencialidades, que puede emprender un proceso de permanente enriquecimiento personal, contribuyendo así a la síntesis de una colectividad mejor. Ser humano no es un estado al que se llega ni se define por su estatismo. Muy al contrario, ser humano comporta múltiples movimientos, definiciones parciales, fuerzas que tiran en sentidos distintos. No es un espacio que se conquista sino una edificación diaria. 

La historia es, en definitiva, ese terrible y maravilloso presente en que cada ser humano moldea la vida con el único material que le proporciona el universo: el tiempo.




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