miércoles, 25 de agosto de 2010

La tregua entre dos aguas oscuras: Benedetti


«Tiempo de tregua en que los dioses destructores y los dioses constructores se sientan a la misma mesa para compartir el mismo pan robado a los hombres»
Alejandro Krawietz


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La tregua - Mario Benedetti
Esta novela de Mario Benedetti, La tregua, describe el impacto profundo que la muerte de un ser sería pertinente una discusión sobre los peligros que atenazan a la reducción que puede acarrear trabajar literariamente en los extremos de lo meramente local y particular (esto es, a la difuminación de lo inteligible en virtud de un lenguaje no compartido) y el universalismo, por la vía de lo común y típico (y la consecuente desustanciación por trivial de ese lenguaje)- deriva quizás de los personajes elegidos por Benedetti: seres que deambulan por las calles de un Montevideo que podría ser símbolo de cualquier ciudad moderna. Las singularidades se disfrazan en el carnaval de lo idéntico: formas petrificadas de lo vacuo y formas candentes de lo intenso copulan en esta obra para engendrar una rara estructura donde lo baladí puede ser percibido como tenso.
querido obra en la vida de un hombre cualquiera. La impresión de universalidad del relato -



Un hombre –Martín Santomé- embebido en una atmósfera de mediocridad y rutina, huraño y melancólico, cuyo único sentido vital parecería ser conseguir la jubilación, sufre una especie de transmutación al conocer a una joven –Avellaneda- con la que termina entablando una peculiar relación amorosa, caracterizada por la reclusión y que se ve abocada a convertirse en una suerte de amor idolátrico. Con paralela espontaneidad a como había llegado aquel ser que trastornó el movimiento declinante de su vida, desaparece bajo el signo de lo imprevisto, de una muerte fortuita.

Una vez consumada la pérdida, Martín Santomé advierte, con progresiva lucidez, que aquello que cifraba la experiencia amorosa con Avellaneda no era la felicidad, sino una tregua, un anclaje a tierra entre dos aguas oscuras. Es interesante notar cómo la concreción de lo meramente posible adquiere, en su consciencia, la naturaleza de lo irrevocable. Ese acontecimiento que a priori era simplemente contingencia, azar, probabilidad, al ocurrir, modifica su percepción del mundo, introduciéndolo en la consideración del destino, de lo ineludible. Y es ineludible, simplemente porque ya es pasado, ya no se es capaz de cambiarlo. La memoria de la pérdida, más que la pérdida misma, es la oscuridad invocada por el personaje.

Múltiples subtemas son tratados con simples trazos: la ausencia de amigos reales, la asunción del paso de los años, las costumbres del adulterio, la configuración rígida de los matrimonios con el transcurso de los años, el enquistamiento de la burocracia administrativa o el conflicto de asunción de la homosexualidad de los hijos.

Benedetti otorga a la narración de hechos cotidianos y aun triviales, mediante la gradación del tono y el recurso a la voz del propio ser que experimenta los hechos -utilizando para ello los apuntes que el protagonista plasma en su diario-, un carácter de tragedia en el sentido clásico, de intensidad creciente. El autor potencia la narración basándose en personajes y situaciones harto comunes, y ese transcurrir vulgar, anodino, es visto como un drama único. Cada hombre es el centro de su universo, y en ese espacio limitado pero diverso, cabe cualquier manifestación. Esta novela expone la noción de que, en la vida de cualquier hombre, tanto la felicidad como la muerte pueden encontrarse al acecho, próximas a aparecer inopinadamente. Sin embargo, la banalidad extrema llega, en ocasiones, a presentársenos como un hiato deletéreo que señala una divergencia inasimilable entre lo vulgar y lo sublime. No estoy tan seguro de que, como infiere José Miguel Oviedo en su monumental Historia de la literatura hispanoamericana, Mario Benedetti logre soslayar la simplificación ideológica y moral en virtud de la ternura y la ironía.
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